No tengáis miedo!

Bien sabemos lo que la experiencia hace de nosotros en este mundo.

Los hombres llegan a ver y entender el curso de las cosas, y cuáles son las reglas que las rigen; y pueden anticipar lo que ocurrirá, y no se sorprenden por las cosas que pasan.

Toman la historia de las cosas como algo natural.

No se sorprenden que las cosas ocurran de una manera y no de otra; es la ley. La noche le sigue al día, el invierno al verano; frío, helada y nieve, cada una en su estación. Ciertas enfermedades recurren en su momento, o visitan a ciertas edades.

Todas las cosas siguen un curso tienen un comienzo y un fin.

La gente grande sabe esto, pero con los niños es distinto.

Para ellos todo es extraño y sorprendente.

De a ratos se maravillan, se admiran o temen ante cada sucedido; no saben si se repetirán o no; y nada saben acerca de la operación regular de causas, o la conexión que hay entre estos efectos que resultan de una y la misma causa.

Y así también en lo que se refiere al estado de nuestras almas bajo la Alianza de la misericordia; los espíritus celestiales, que ven lo que sucede sobre la tierra, entienden bien, siquiera a fuerza de haberlas visto tantas veces, cuál es el curso de un alma viajando desde el infierno hacia el cielo. Lo han visto una y otra vez, en innumerables casos, que el sufrimiento es el camino hacia la paz; que aquellos que siembran en lágrimas cosecharán entre cantares; y que lo que es verdad en Cristo se realiza en una medida entre sus seguidores.

Tratemos de acostumbrarnos a este modo de ver las cosas.

La Iglesia toda, todas las almas elegidas, cada una a su turno, es llamada a esta obra necesaria.

En un tiempo les tocó a otros, ahora nos toca a nosotros.

En un tiempo fue el turno de los apóstoles.

En un tiempo le tocó a San Pablo.

Tenía todas las tribulaciones juntan; las penas lo cubrían desde la cabeza hasta los pies, como Job con sus llagas.

Y como si esto no fuera bastante, se le había agregado una espina en el costado una molestia personalísima que lo acompañaba en todo tiempo.

Y sin embargo, cumplió muy bien con su parte era como un luchador valiente y fuerte en su mejor momento, y al fin de sus días pudo decir, “He combatido el buen combate, he terminado mi carrera, he conservado la fe” (II Tim. IV:7).

Y después de él, los excelentes de la tierra, los mártires de vestiduras blancas y la alegre compañía de los confesores, cada cual a su turno, también desempeñaron el rol de un hombre.

Y así ha sido hasta el mismísimo día de hoy, cuando pareciera que la fe comienza a fallar, primero uno, y luego otro, han sido llamados para producirse delante del Gran Rey.

Es como si a todos se nos ha permitido tenernos en pie simultáneamente alrededor de su Trono, y así Él llamaba primero a este, y luego a aquel, para que retomaran el gran cántico, cada uno teniendo que repetir la melodía que sus hermanos que lo precedieron habían cantado antes. (…)

Tal es nuestra condición -los ángeles nos contemplan – Cristo pasó antes – Cristo nos ha dado un ejemplo, para que podamos seguir sus pasos.

Él pasó por mucho más, infinitamente más, que lo que nosotros podemos ser llamados a padecer.

Nuestros hermanos han pasado por mucho más, y parecen darnos aliento con su éxito, y simpatizar con nuestros tanteos.

Ahora nos toca a nosotros; y todos los espíritus ministros guardan silencio y nos observan.

¡Oh que nuestro pie no resbale, que no haya dolo en nuestros ojos, ni sordera en nuestros oídos, ni distracción de nuestra atención!

No estéis desalentados; no tengáis miedo; arriba los corazones; sed valientes; no retrocedáis, seréis conducidos a través de la prueba, hasta el fin.

Sea lo que fuere que os tiene a mal traer, penas de la mente, del cuerpo, o de vuestro estado; penas de dentro o de fuera; penas casuales o que deliberadamente se os han impuesto; de parte de amigos o de enemigos no importa cuáles sean vuestras tribulaciones, aunque os sintáis solos,

¡Oh hijos de un Padre Celestial, no tengáis miedo!

Sed hombres en vuestro día; y cuando acabe, Cristo mismo os recibirá, y vuestro corazón exultará, y ningún hombre podrá quitaros vuestro gozo.

Cristo ya está en aquel lugar de paz, que es todo en todo.

Está a la mano derecha de Dios. Está escondido en la radiante belleza que mana de Trono Eterno.

Él mismo es el abismo de la paz, allí donde no se oye ninguna voz de tumulto o de pena, sino una profunda quietud, la quietud, aquel bien más grandioso y tremendo de entre todos los bienes a los que podríamos aspirar, aquel gozo más perfecto de entre todos los gozos, la completa, profunda, infefable tranquilidad de la Esencia divina.

(…) aquí no estamos más que en peregrinación y Cristo nos llama para que volvamos a casa.

Nos convoca a las muchas mansiones que nos tiene preparadas.

Y el Espíritu y la Esposa también nos llama, y todo estará listo para nosotros en el tiempo de nuestra llegada.

Esforcémonos, pues, por entrar en aquel descanso […] teniendo un Sumo Sacerdote grande que penetró los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, mantengamos fuertemente la confesión de la fe” (Heb. IV:11, 14); viendo que “tenemos en derredor nuestro una tan grande nube de testigos, arrojemos toda carga y pecado que nos asedia” (Heb. XII: 1), y “lleguémonos confiadamente al trono de la gracia, a fin de alcanzar misericordia y hallar gracia para ser socorridos en el tiempo oportuno” (Heb. IV:16).

Beato John Henry Cardenal Newman

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